Los integrantes de Oasis han manifestado su inquietud ante los planes de subastar una colección de cintas que guardan grabaciones inéditas de conciertos, pruebas de sonido y ensayos de la banda durante la década de los 90. Este valioso material fue recopilado originalmente por su antiguo ingeniero de sonido, Huw Richards, y ahora es su hijo, Owain, quien busca comercializarlo.
Desde la casa de subastas a cargo del evento, Littleton Auctions, defienden que la venta —cuya estimación inicial se sitúa entre los 1,2 y 1,6 millones de libras— se ajusta plenamente a la legalidad. No obstante, advierten que cualquier comprador carecerá del derecho legal de difundir, publicar o lucrarse con el contenido debido a las leyes de propiedad intelectual y los derechos de los artistas.
El especialista Euan Lawson, del bufete Simkins, aclara al respecto: “Aunque el soporte físico pertenezca al ingeniero de sonido, su margen de actuación es sumamente limitado”, puesto que “resulta poco probable que posea derechos sobre la propiedad intelectual o cuente con la autorización de los músicos para explotar sus actuaciones”.
“Por consiguiente, mientras que el intercambio de las cintas físicas puede ser legítimo”, matiza Lawson, “el uso real que el adquirente pueda darles constituye un escenario completamente diferente”.
El lote disponible comprende una mezcla de casetes analógicos, formatos DAT y MiniDiscs, que suman 63 directos y más de 100 horas de ensayos, pruebas acústicas y conversaciones espontáneas entre Noel y Liam Gallagher. Richards padre, vinculado al grupo entre 1994 y 2001, registró todo este archivo directamente desde la mesa de mezclas.
Ben Homer, director de Littleton Auctions, reconoció que “desde el entorno de Oasis están al tanto de la subasta y han expresado su recelo, algo totalmente comprensible dada la magnitud y relevancia de los documentos”.
Aun así, subraya: “Procedemos con absoluta transparencia y cumpliendo rigurosamente los cauces legales. Nuestro propósito se limita a ofrecer estos artículos de forma responsable, con su origen acreditado, brindando a coleccionistas e instituciones la oportunidad de conectar con un pedazo clave de la historia musical británica”.
En declaraciones a *The Times*, Owain Richards admitió que al grupo le gustaría recuperar el control de las grabaciones. Asimismo, reveló que tiempo atrás mantuvieron conversaciones con los representantes de Oasis para alcanzar un acuerdo de devolución que finalmente se desvaneció.
En el plano jurídico, la transacción plantea diversos interrogantes, especialmente en lo que respecta a la distinción entre la propiedad material de las cintas y los derechos de explotación sobre el audio. Básicamente, poseer el objeto no otorga automáticamente los derechos de autor.
En esta línea, el abogado Euan Lawson señala: “Este supuesto demuestra que los soportes físicos y los derechos de propiedad intelectual pueden recaer en manos distintas. Sin embargo, en la práctica rara vez es tan sencillo. Por norma general, los ingenieros de sonido firman contratos que no les conceden derechos explícitos ni sobre las grabaciones ni sobre la propiedad intelectual asociada”.
Incluso si, como sostiene la casa de subastas, la familia Richards posee legítimamente las cintas, parece improbable que ellos o cualquier inversor tengan potestad para comercializar el contenido.
Dentro del marco legal británico, los derechos de autor de una grabación recaen habitualmente sobre quien promueve u organiza la sesión. En el ámbito de estudio, suele tratarse del sello discográfico que financia las horas de grabación, o bien de los propios artistas y su equipo de mmanagement.
Sin embargo, esta regla general no siempre simplifica la titularidad. Los contratos discográficos de los años 90 estipulaban con frecuencia que las discográficas se apropiaban o controlaban cualquier registro sonoro, incluidos los conciertos en directo, con independencia de quién hubiera organizado la sesión original.
Durante aquella época dorada, Oasis trabajaba con Creation Records, sello que más tarde absorbería Sony Music. Posteriormente, la banda fundó su propia discográfica, Big Brother Recordings, manteniendo colaboraciones con Sony para sus lanzamientos. Es evidente que Richards no participó en la negociación de dichos contratos.
A pesar de ello, cabe preguntarse si el hecho de haber conectado un dispositivo de grabación a la mesa de mezclas convierte a Richards en el “organizador” del registro y, por ende, en titular de los derechos de autor. Aquí entran en juego los derechos de los intérpretes: para grabar y rentabilizar la actuación de un artista, es imprescindible contar con el consentimiento expreso de cada uno de ellos.
Ante la ausencia de dicho permiso, ni la familia Richards ni ningún comprador futuro ostentan derechos de explotación. Esto significa que, si bien un devoto acaudalado de Oasis podría ilusionarse con tener el archivo físico en su estantería, su valor estratégico real recae sobre la propia banda, única entidad capacitada para comercializarlo legalmente.
Aun con todo, algún postor en la próxima subasta podría vislumbrar una oportunidad comercial en este dilema. Ben Gisbey, otro de los letrados de Simkins, reflexiona sobre esta dualidad: “Aunque Oasis esté en su derecho de impedir que un comprador lucre con las grabaciones mediante el uso de sus derechos de interpretación”, advierte que “sería una perspectiva miope considerar esto como un simple artículo de coleccionista”.
“Es posible que el grupo tenga la intención de utilizar este material en el futuro, lo que les sitúa ante una disyuntiva compleja”, concluye. “¿Prefieren adquirir el archivo ahora mismo o prefieren arriesgarse a que un tercero les exija una suma astronómica por acceder a las grabaciones más adelante?”





