CRÓNICA | A dos años de la tragedia que le quitó la vida a Isabella Belmar: cuando el dolor choca con la justicia
La joven estudiante de Odontología de 20 años falleció en diciembre de 2023 tras el volcamiento de la camioneta en la que viajaba, conducida en estado de ebriedad y sin licencia por Byron Hermosilla. Tras un proceso judicial marcado por reprogramaciones, el tribunal dictó una pena de cuatro años de presidio que se cumplirán en libertad vigilada intensiva.
Por una voz cercana al caso
Los padres pueden acostumbrarse a dormir poco, a reconocer el llanto de su hijo entre cien voces y a esperar despiertos hasta escuchar la llave en la puerta. Pueden seguir viendo a su hija como la niña que corría por la casa, aunque ya sea una mujer. A lo que nunca deberían acostumbrarse es a pronunciar su nombre en pasado.
Isabella Belmar Naranjo tenía veinte años. Era estudiante de Odontología, hija, hermana y amiga. Su vida recién comenzaba a desplegarse, con proyectos y esa edad en la que todavía queda tiempo para equivocarse, volver a comenzar y convertirse varias veces en una misma vida.
Su historia se quebró el 28 de diciembre de 2023, tras el volcamiento de la camioneta en que viajaba por la ruta entre Tomé y Concepción. No fue una enfermedad incurable. Byron Alexander Hermosilla Lagos conducía en estado de ebriedad, sin licencia, y a una velocidad imprudente para las condiciones de la vía. Isabella murió en el lugar.
Cuando una muerte pudo evitarse, el duelo se vuelve más desgarrador. A la tristeza se suma la rabia. La mente vuelve a lo sucedido buscando una puerta hacia otro desenlace: qué habría pasado si Isabella no hubiese subido a esa camioneta o si alguien hubiera detenido al conductor. El “si hubiera” es una máquina cruel que solo produce versiones de una vida irrecuperable.
La culpa puede aparecer incluso en quienes no tuvieron responsabilidad. Los padres se preguntan qué podrían haber hecho distinto, en un último intento por seguir protegiendo a una hija cuando ya no pueden hacerlo.
Quien escribe estas líneas no es solo una observadora, sino una amiga de los padres de Isabella: Cristina Naranjo Concha, odontóloga y funcionaria del Servicio de Salud Biobío, y Mauricio Belmar Polanco, nutricionista y director del CESFAM Rural Santa Fe, en Los Ángeles. Conozco de cerca lo que significa seguir viviendo después de perder a una hija.
Cuando el duelo entra a un tribunal
La familia de Isabella no pudo concentrarse solamente en llorarla. Debió aprender el idioma de las cautelares, las audiencias, los aplazamientos, los abonos y las penas sustitutivas. Más de dos años después de su muerte comenzó el juicio, tras ser reprogramado en dos ocasiones.
En julio de 2026, Isabella habría cumplido veintitrés años. Sus padres deberían haber estado mirándola soplar las velas. En cambio, debieron sentarse en un tribunal y volver a escuchar cómo murió.
El proceso judicial obligó a regresar al peor día de su vida. Cada audiencia reactualizó la pérdida, enfrentando a los padres a dos tareas crueles: aprender a vivir sin su hija y luchar para que el mundo comprenda que pudo evitarse.
Hermosilla fue condenado a cuatro años de presidio por conducir en estado de ebriedad con resultado de muerte, sin haber obtenido licencia. Sin embargo, debido al tiempo previo pasado en la cárcel, la pena fue sustituida por cuatro años de libertad vigilada intensiva.
Jurídicamente hubo una condena, pero el duelo no habla en lenguaje jurídico. Escuchar “cuatro años de presidio” y descubrir que se cumplirán en libertad se sintió como una segunda caída. El tribunal calcula penas y abonos; los padres calculan las Navidades que faltarán, las escenas cotidianas y extraordinarias de una vida que terminó antes de tiempo. El expediente se cierra; la historia de los padres, no.
Una hija no es una etapa superada
Es en honor a Cristina y Mauricio que es necesario recordar que un hijo no debería morir. No debería existir una habitación que conserva objetos mientras el tiempo avanza, ni ropa que guarda un perfume pero ya no tiene un cuerpo que habitar.
Cuando muere una hija, no solo se pierde a la mujer que era, sino también a todas las que podía llegar a ser: no habrá titulación, profesión, ni la posibilidad de verla construir su propio camino. El duelo remueve la identidad y deja un vacío no solo en la mesa, sino en el futuro.
Con el tiempo, las flores se marchitan y las visitas disminuyen. Los padres terminan a menudo cuidando a otros de su dolor, evitando pronunciar el nombre de su hija porque el mundo ya no sabe qué hacer con su tristeza. Pero el silencio no elimina la ausencia.
Elaborar un duelo no significa desprenderse de quien murió. Isabella permanece en los recuerdos, las fotografías y las conversaciones interiores. Pronunciar su nombre permite que la muerte no devore los veinte años que existieron antes.
A veces una tragedia es simplemente una tragedia, y buscar significado es la única forma de impedir que la muerte tenga la última palabra. Isabella fue mucho más que una víctima: su vida no cabía dentro de un expediente.
Tal vez ninguna sentencia habría sido suficiente, porque no existe justicia capaz de devolver a sus padres lo que perdieron. Pero cuatro años en libertad son difíciles de conciliar con una ausencia perpetua. Hermosilla cumple una pena; los padres de Isabella no terminan nunca de cumplir la suya.
Dulce Isabella. Un hijo no debe morir. Y cuando ocurre, lo mínimo que el mundo puede hacer es no pedir a sus padres que olviden, ni confundir el cierre de una causa judicial con el final de un duelo. Porque una sentencia puede cerrar un proceso, pero nunca una ausencia.





