Por Roy Zderich
Hubo un momento en que parecía inevitable. La música dejaría de existir como objeto, los auriculares con cable desaparecerían de las calles y el futuro sería completamente inalámbrico. El streaming prometía acceso ilimitado a prácticamente toda la música del planeta, mientras la industria tecnológica eliminaba puertos, botones y cualquier elemento considerado “innecesario”. Todo apuntaba hacia una experiencia cada vez más invisible, automatizada y dependiente de algoritmos.
Pero la historia tomó un giro inesperado.
Mientras las plataformas de streaming alcanzan cifras récord y la inteligencia artificial comienza a transformar la creación musical, una parte importante de la Generación Z está recuperando tecnologías que hace apenas unos años parecían destinadas al museo. Auriculares con cable, reproductores de CD, cámaras digitales compactas, cassettes, vinilos e incluso viejos iPods están reapareciendo en mochilas, escritorios y publicaciones de TikTok con una naturalidad que pocos habrían anticipado.
Lo más interesante es que este fenómeno no está impulsado únicamente por la nostalgia. La mayoría de quienes lideran esta tendencia ni siquiera vivieron la época dorada del Walkman o del Discman. Lo que buscan no es volver al pasado, sino encontrar una forma diferente de relacionarse con la tecnología y, especialmente, con la música.
Cuando la comodidad comienza a generar fatiga

Durante años la industria nos convenció de que eliminar fricciones era sinónimo de innovación. Menos cables, menos botones, menos decisiones. Todo debía ser automático: los auriculares se conectan solos, las playlists se generan solas y los algoritmos deciden qué escuchar después.
Nos vendieron la idea de que cuanto menos pensáramos en la tecnología, mejor sería la experiencia. Pero ocurrió exactamente lo contrario.
Las baterías que siempre necesitan cargarse, los dispositivos que dejan de funcionar cuando su vida útil termina, las conexiones Bluetooth que fallan en el peor momento y la sensación de depender constantemente del teléfono comenzaron a generar una reacción silenciosa. Frente a ese escenario, conectar unos auriculares y simplemente presionar “play” empezó a sentirse casi revolucionario.
No hay batería. No hay sincronización. No hay notificaciones interrumpiendo la experiencia. Solo música.
Y esa simplicidad, en 2026, resulta sorprendentemente atractiva.
El cable dejó de ser tecnología para convertirse en identidad
El regreso de los auriculares con cable también tiene una dimensión estética difícil de ignorar. Lo que durante años fue visto como un accesorio obsoleto hoy funciona como un símbolo cultural.
El cable visible comunica algo. Marca una distancia física con el entorno, pero también proyecta una identidad. Mientras los auriculares inalámbricos prácticamente desaparecen a la vista, el cable se convierte en una declaración silenciosa: estoy escuchando música, estoy en mi propio espacio y no necesito estar disponible todo el tiempo.
No es casualidad que este lenguaje visual aparezca cada vez con más frecuencia en editoriales de moda, campañas publicitarias y publicaciones de artistas ligados al revival Y2K. El viejo iPod volvió a convertirse en accesorio de moda, las cámaras compactas de principios de los 2000 reaparecieron en festivales y los reproductores Walkman comenzaron a verse nuevamente como objetos de diseño más que como reliquias tecnológicas.
En una época donde casi todos utilizan el mismo smartphone y los mismos audífonos inalámbricos, volver a lo analógico también es una forma de diferenciarse.
Escuchar música volvió a ser una experiencia

Quizás el cambio más profundo no tiene relación con los dispositivos, sino con la manera en que consumimos música.
El streaming resolvió prácticamente todos los problemas de acceso. Nunca había sido tan fácil descubrir artistas nuevos o escuchar cualquier álbum publicado durante los últimos sesenta años. Sin embargo, esa abundancia también modificó nuestra capacidad para prestar atención.
Las canciones comenzaron a competir por segundos. Los discos dejaron de escucharse completos. Los algoritmos aprendieron a priorizar aquello que mantiene nuestra atención unos minutos más.
La música pasó de ser una experiencia a convertirse, muchas veces, en un flujo permanente de contenido.
Frente a esa lógica de consumo acelerado, los formatos físicos proponen exactamente lo contrario.
Comprar un disco implica detenerse. Abrir la portada. Leer los créditos. Observar el diseño. Escuchar las canciones en el orden que imaginó el artista.
Es una experiencia mucho menos eficiente. Y precisamente por eso resulta mucho más significativa.
El regreso de los formatos físicos ya no es una anécdota
Durante años el crecimiento del vinilo fue visto como una curiosidad del mercado. Hoy esa explicación ya no alcanza.
Las ventas continúan aumentando a nivel mundial y el formato suma casi dos décadas consecutivas de crecimiento. El cassette también vive un momento inesperadamente positivo, mientras el CD comienza a recuperar terreno gracias a una nueva generación de reproductores portátiles con diseño contemporáneo y componentes de alta fidelidad.
Lo más llamativo es quiénes están impulsando esta tendencia.
Diversos estudios muestran que una parte importante de los compradores pertenece precisamente al segmento entre los 18 y los 30 años. Personas que crecieron con Spotify, YouTube y Apple Music, pero que igualmente sienten la necesidad de poseer un objeto físico que represente la música que aman.
Porque escuchar un álbum y tenerlo en las manos siguen siendo dos experiencias completamente distintas.
La música también necesita ocupar espacio

En un mundo donde prácticamente todo existe como una licencia digital, los formatos físicos recuperaron un valor que va mucho más allá del sonido.
Un vinilo no es solamente un disco. Es una portada de gran formato. Es un libreto. Es un objeto de colección. Es una pieza de diseño.
Lo mismo ocurre con los photobooks del K-pop, las ediciones limitadas en cassette o los box sets que artistas como Taylor Swift, Olivia Rodrigo y múltiples grupos coreanos convierten en verdaderos eventos editoriales. La música volvió a sentirse como algo que puede tocarse. Y eso, en una economía dominada por suscripciones mensuales, adquiere un peso emocional enorme.
Paradójicamente, mientras el acceso a la música nunca había sido tan abundante, el valor de poseer algo físico nunca había sido tan significativo.
La desconexión también se convirtió en un lujo
El auge de lo analógico coincide con otro fenómeno que atraviesa a la Generación Z: la búsqueda de espacios libres de hiperconectividad.
Cada vez aparecen más conceptos relacionados con el agotamiento digital. Fatiga de pantallas, saturación de contenido, brain rot o digital detox forman parte de una conversación que hace apenas unos años parecía marginal.
La respuesta no ha sido abandonar Internet. Eso sería poco realista.
Lo que muchos jóvenes buscan es establecer límites más claros entre el tiempo conectado y el tiempo personal.
En ese contexto, leer un libro impreso, utilizar una cámara digital antigua, asistir a un listening bar o escuchar un disco completo sin mirar el teléfono dejan de ser actividades retro para convertirse en pequeñas formas de resistencia cotidiana.
Quizás esa sea la verdadera tendencia de fondo. No el regreso del vinilo ni del cassette, sino la necesidad de recuperar momentos donde la atención vuelve a pertenecer completamente a quien escucha.
Chile también está viviendo su propio renacimiento analógico
La escena local no ha quedado al margen de esta transformación.
Las ferias de vinilos vuelven a convocar a miles de asistentes, las disquerías independientes experimentan un renovado interés por parte del público joven y espacios como el Persa Biobío continúan consolidándose como puntos de encuentro para coleccionistas, músicos y curiosos que buscan algo más que un algoritmo de recomendaciones.
Lo interesante es observar cómo conviven ambos mundos.
La mayoría descubre música en plataformas digitales, guarda canciones en playlists y comparte lanzamientos por redes sociales. Pero cuando un álbum realmente conecta, aparece el deseo de comprarlo, coleccionarlo o convertirlo en parte de una biblioteca personal.
El streaming se transformó en la puerta de entrada. El formato físico sigue siendo el destino.
MDX View

Quizás la mayor ironía de toda esta historia es que el supuesto “regreso de lo analógico” nunca ha sido completamente analógico.
Existe una idea bastante extendida de que el vinilo representa una experiencia cien por ciento libre de tecnología digital, pero la realidad es bastante más compleja. Incluso muchas grabaciones consideradas clásicos absolutos del sonido analógico ya incorporaban procesos digitales durante distintas etapas de producción desde finales de los años setenta y principios de los ochenta. La automatización de ciertos procesos de masterización, la gestión de niveles e incluso algunos sistemas utilizados para el corte de vinilos comenzaron a apoyarse progresivamente en componentes digitales mucho antes de que existiera el streaming o el teléfono inteligente.
En otras palabras, la frontera entre ambos mundos nunca fue tan clara como solemos imaginar.
Quizás por eso resulta más preciso hablar de una búsqueda de experiencias que de un verdadero regreso tecnológico. Lo que está volviendo no es una cadena de producción completamente analógica; lo que regresa es una forma distinta de relacionarse con la música. La necesidad de tocar un disco, observar una portada, escuchar un álbum completo o simplemente conectar unos auriculares sin pensar en baterías ni emparejamientos.
También existe un componente generacional que resulta fascinante.
Para muchos jóvenes, un iPod, un Discman o unos EarPods con cable representan “lo retro”. Sin embargo, quienes vivieron décadas anteriores saben que la historia de la música grabada comenzó mucho antes. Cintas abiertas, cartuchos de ocho pistas, MiniDisc, DAT, radios de válvulas, reproductores de cassette portátiles y sistemas completamente mecánicos forman parte de una evolución tecnológica mucho más extensa que hoy suele resumirse únicamente en la estética Y2K.
Y esa falta de perspectiva histórica tampoco debería entenderse como un problema. Cada generación construye su propia nostalgia. Lo que para unos fue el Walkman, para otros es el iPod. Lo retro deja de ser una fecha en el calendario para convertirse en una experiencia cultural.
Desde MDX creemos que ahí reside el verdadero valor de esta tendencia. No se trata de decidir si el vinilo suena mejor que Spotify o si un cable supera técnicamente al Bluetooth. Ese debate probablemente nunca termine.
Lo realmente interesante es observar cómo una generación criada entre algoritmos está buscando nuevas formas de detener el tiempo, prestar atención y volver a disfrutar la música con intención.
El futuro probablemente no pertenezca ni al streaming ni al vinilo, sino a un ecosistema híbrido donde ambos mundos convivan de manera natural. Descubriremos música mediante algoritmos, seguiremos disfrutando de la comodidad del audio inalámbrico y de la inteligencia artificial, pero continuaremos comprando aquellos discos que realmente nos marquen. Escucharemos playlists durante el trayecto al trabajo, pero reservaremos los formatos físicos para esos momentos en que la música merece toda nuestra atención.
Porque al final, la innovación nunca ha consistido en borrar el pasado. Casi siempre consiste en reinterpretarlo. Y eso es exactamente lo que estamos viendo hoy: una generación que no está huyendo de la tecnología, sino redescubriendo el placer de vivirla a otro ritmo.





